sábado, 11 de marzo de 2017

La caca de perro

Era viernes. Me había tomado el día libre para descansar el cuerpo. Después de remolonear en la cama con Margarita, decidí que ya era momento de sacarla a jugar y hacer del jardín un baño.
Bajamos la escalera con prudencia - porque Margarita se atropella al correr - y le di un premio por su buen comportamiento.
Por fin llegamos al pequeño jardín  frente al edificio. Un lugar muy práctico para instalar un baño canino.
- ¡Ve! - le dije.
Y Margarita, como siempre, se atropelló con ella misma mientras buscaba un lugar para orinar.

Hay una hoja mojada: perfecto. Hay una piedra casi redonda: perfecto. Hay un árbol: perfecto. Hay un poste en el que han dejado mensajes caninos que sólo ella puede decodificar: la gloria.
Margarita está emocionadísima porque sí.

Entonces llegó el momento. Margarita corre haciendo pequeños círculos, luego los círculos se vuelven tan pequeños que terminan siendo un ir y venir rapidísimo. Y así encuentra su lugar favorito para hacer caca.

La veo, desembolso la bolsita negra dando medio paso hacia adelante, cuando de pronto una señora de cabello corto batido hasta el cielo, cartera vintage en mano, se acerca lentamente al baño de Margarita.

La señora se aparta de la vereda, y comienza a caminar muy despacio en la pista por detrás de los autos. Vigilante de aquella chica inmigrante que seguro no recoje la caca de su perro porque qué puedes esperar de estas culturas que aún no logran comportarse de forma civilizada.

¡Se ha escondido detrás de un auto!, pero no importa porque el peinado la delata. La dejé jugar al detective por unos segundos. Escondí la bolsa para que ella puediera darle rienda suelta a sus fantasías de mujer civilizada. 

Finalmente saco la bolsa, y me acerco al lugar de los hechos, y recojo la caca. La mujer se disuelve en esa lava ardiente de prejuicios y lentamente se aleja de la escena del crimen.