viernes, 27 de octubre de 2017

Dito, diminutivo de Ricardito

Ricardito se levanta todos los días a la misma hora. Tarde. Arrastrando las viejas zandalias negras, que lleva desde que llegó a Canadá, va al baño a lavarse los dientes. El orden exterior ha sido siempre tu mejor cualidad, querido Dito. Después de tu limpieza matinal, te preparas una taza de agua caliente y dos tostadas con mantequilla, y de forma automática - porque el cuerpo se aprende nuestros pasos, y los repite sin recelo - te sientas frente a la laptop. Esa máquina gastada de tanto uso y penas. Y ahí te quedas todo el día, haciendo nada o conversando con mujeres religiosísimas con vocación de putas. Te sientes útil aconsejando a aquellas crédulas descarriladas del continente euroasiático. 

Solías trabajar como vendedor. ¿Cómo llegaste a este punto?. Solo, agotado, viejo, virtual y con una depresión oculta en tus oídos. ¡Qué dolor!
¿Fue el alcohol? ¿Las indecisiones? ¿Los miedos? 
Yo me inclino por los miedos. Tu gran miedo a madurar, Dito, te llevó a sumergirte en cantinas de borrachos empedernidos y aprenderte las canciones pesadas y melosas de antaño. 

Llegabas a casa con ese aliento añejado y ácido esperando que todos ignoráramos tu estado. Y lo hacíamos. Cada uno conocía su rol. Siempre fuimos buenos para ignorar lo que no queríamos enfrentar. 

Sábado tras sábado se repetía la misma historia. Un ligero tintineo de llaves a lo lejos, el sonido del intento fallido de encajar las llaves. Uno, dos, tres y hasta cuatro veces te perdías en aquella danza alcóholica y tiro al blanco. A veces corríamos de puntillas a la puerta, le dábamos vuelta a la perilla, y simulábamos que, por fin, habías logrado incrustar la llave en la cerradura.

¿Qué pasó, Dito?
Tus amigos ya dejaron el trago. Se entregaron a la bebida social, a los hijos, a la esposa, a lo que hace todo hombre de clase media limeño: aparentar. Ese teatro inocente interpretado por hombres de edad media guiados inconscientemente por el catecismo que les metieron a palos en esos colegios para niños de bien como "La Salle". Ahí sí que formaban hombres, no esos mariquitas de los que te solías burlar. Los hombres de "La Salle" o del recordado colegio "Guadalupe" eran caballeros dignos, de familia. Ni tú ni tus otros dos hermanos se hicieron hombres de familia. Aunque tú lo intentaste. Después de haber rechazado ser el padre de aquella niña, decidiste hacer lo correcto, y aceptar tu obvia paternidad. Por un momento creímos que lo habías logrado, tú también, seguro.

No te tomó mucho tiempo regresar al alcohol - ¿Qué te preocupaba, Ricardo? -, mientras tu mujer - porque mujer era la palabra correcta para esposa porque así lo mandaba Dios y la Real Academia de la Lengua Española - se iba hinchando, redondeando, consolidando como tuya. No habías perdido la costumbre. Bebiste el día que lo supiste, el día que lo cargaste por primera vez, en aquella celebración de primer año a la que no fuiste invitado, y también la última vez que te dejaron verlo antes de llevárselo a vivir a Estados Unidos. Sí, Ricardo, dejaste ir a aquella muchachita de pómulos andinos y ojos verdes que te quería tanto. La dejaste ir con tu hijo en brazos. Y tú que amabas a los niños. ¡Malditos miedos!

Nunca más volviste a vestir aquellos ternos que solías usar para ir a trabajar. El perfume lo seguiste usando y la barba te la rasuraste hasta el último día que te vi, pero por al rededor de 10 años te vi levantarte todos los días, tomar tu novela deshojada, amarillenta de cuentos en inglés, tu diccionario, desgastado, también, tu taza de agua caliente porque el té te provocaba dolor bajo las costillas - culpabas al té y a la comida hecha en casa de tus desórdenes estomacales, e ignorabas con premeditación el daño que el alcohol te causaba - tu frazada, y arrastrando tus zandalias contra el suelo te ibas a meter a la cama de tu mamá.
Veías todos los programas de chismes y tragedias, y te sentías mejor persona porque "tú no eras como esa gente".
Si no hubiese sido por mí, te habrías entregado, quizás aun más, a la bebida. Ni tu madre ni yo fuimos suficientes para detener ese miedo que le tenías a la vida.

Los años iban dejando atrás a aquella niña que llenó tus días de sonrisas y "tío que guapo estás". Quizás eso te afectó o probablemente el alcohol ya no te permitía discernir con claridad el amor por tu familia.
Dijiste que mi madre era una puta y la madre de Sonia, también. Nos acusaste de malas personas, y dejé de enumerar las veces que me llamaste "basura". Dejé de quererte, también.
Vi a la tía Zoila golpearte en la cara mientras contabas historias de borracho. Decías haber escrito libros, decías escribir poemas, y tirarlos por la ventana. Nos repetías la gran personas que eras. No te lo creías ni tú, Dito, pero sí tenías un buen corazón. ¡Tus miedos, tío, tus miedos!.

Tengo uno de esos recuerdos de infancia que te han sido transmitidos por repetición. Yo iba a empezar mis clases en el nido, pero necesitaba zapatillas de ballet, así que con mi voz pueril fui a pedirte que me las regalaras. Por supuesto que me las compraste. Yo era la luz en tu vida. Me sonreías como si estuvieras viendo una obra de arte dulcísima frente a tus ojos. Nos queríamos, Ricardo. No éramos tío y sobrina, éramos hermanos.

¿Y qué hiciste cuando murió la Ape?. Pues, te fuiste a Canadá decidido a empezar una nueva vida. Parecías dispuesto a trabajar para ganarte la comida. No te duró mucho tiempo. Volviste a enfermar del oído y el dolor bajo las costillas se hizo más fuerte, pero no por ello dejabas tu chelita los fines de semana.
Te postraste nuevamente en una cama, usando las mismas zandalias, reemplazaste el libro en inglés por rusas virtuales, y de esto ya más de diez años.

La vida parece cruel contigo, y tú, también lo eres. Sigues siendo racista. Te gustan sólo las rubias, las blancas de ojos verdes y choleas a quien no cumpla con esos requisitos con tal desprecio que provocas rechazo.
Sigues siendo homofóbico, y proclamas, sin saber, las adicciones a las drogas y al alcohol "de esos enfermos, pervertidos", pero ¿qué homosexuales habrás conocido?. Quizás te cruzaste a uno que otro en alguna cantina o quizás los conociste cuando tus amigos y tú se paraban en la Arequipa a molestar "a las loquitas".
Sigues siendo machista, creyendo que la mujer debe quedarse en casa porque su rol original así lo impone. Crees que la sociedad está en ruinas porque las mujeres salen a buscar trabajo. Crees que la tasa de desempleo crece porque las mujeres enseñan las piernas, y tú postulas en terno.


Salud, Carlos, que encuentres paz en tu día a día.